LA PEQUEÑA GRAN EMPRESA

Alberto era un tipo juicioso y desparpajado que vivía en una vecindad extraña de habitantes muy acaudalados. En cada inmueble, que reflejaba el estilo de sus excéntricos dueños, cercas eléctricas y cámaras de seguridad eran el común denominador, lo mismo que la soledad en que quedaban después de las siete de la mañana, cuando los adultos partían hacia sus oficinas y los jóvenes a sus colegios o universidades.

 

Al lado de la mansión de Alberto, por ejemplo, había una edificación en forma de templo, cuya torre principal ostentaba una campana de bronce de grandes proporciones. Nadie sabía qué ritual o religión se practicaba allí, ni quién residía, pues sus muros y el hermetismo impedían cualquier conjetura.

 

Sucedió esa soleada mañana de mayo, que el joven se levantó después de las nueve de la mañana, confirmó en su agenda la hora de su próxima clase en la academia y con la tranquilidad que lo caracterizaba bajó a desayunar a la cocina.  —Hijo: hoy no va Rosita, porque está enferma. Te dejo dinero en la mesa para que compres algo de comer, ojalá tu mismo lo prepares -rezaba una nota garabateada por su madre y pegada en el horno microondas.

 

Entonces sin razonar sobre el tema, se puso la ropa del día anterior sobre la pijama, tomó el abrigo de su padre y se agachó a acariciar toscamente a Borges, el fino gato de la casa. -¡Ya vengo creído!-le dijo en tono mimoso mientras que el peludo se retiraba molesto.-

 

Al salir de casa, ubicó en su móvil una balada extranjera, se puso sus audífonos y parsimonioso tomó el camino largo, hacia su destino. No habían pasado ni cinco minutos, cuando un remezón en el templo, hizo erizar a Borges y ponerlo en alerta. El minino se acercó sigiloso a la ventana y antes de que pudiera ver algo, el segundo estrépito ocasionó la caída del velo italiano, que adornaba el cuarto principal, sobre el animal, con todo y el riel que la sostenía. 

Desesperado, Borges, chilló y en su afán de soltarse, se envolvió más en la tela y esta, con la vara.  Corrió hacia las escaleras, se enredó con las pantuflas de Alberto, llegó al primer piso y al tratar de pasar la puerta metálica instalada para él, quedó atrapado hecho una especie de masacote de harapos, con el calzado colgándole. Forcejeaba el felino para salir, sin ningún éxito y los segundos eran una eternidad.

 

Ya con todos los ingredientes en la bolsa y de regreso, el chico se acercó silbando, perdido en sus fantasías, hasta la entrada de su hogar. Sin embargo notó algo imposible de descifrar en la puerta, lo que le hizo retroceder unos metros para tratar de leer la escena. En la salida metálica del gato, unos zapatos se movían, un velo, alguien allí... y fue cuando recordó haber oído en el noticiero de la noche anterior, que buscaban a una banda de ladrones cuyos seis  integrantes eran enanos. —¡Ahh, de seguro es uno de ellos! —pensó,  y de inmediato tomó su teléfono, marcó al número de emergencia y gritó al operador: —¡Auxilio, la banda de los enanos está asaltado mi casa y uno de ellos está atrapado en la puerta. Estoy en la 72 con los rosales! —colgó acobardado y se escondió detrás de las tarimas que lo separaban de su otro vecino, a la espera de las autoridades.


Dos agentes policiales en moto, no tardaron en llegar. Alberto, cuando los vio, corrió hacia ellos y les mostró con su dedo tembloroso la puerta de la entrada, donde el supuesto sospechoso estaba atascado. Con prudencia los dos hombres se acercaron y comprobaron que había una especie de pies que se zarandeaban y por los vestigios, tenía que ser una persona muy pequeña, que seguro intentaba colarse en la residencia. —¡Enano, salga usted de allí, con cuidado y con las manos en alto! —exclamó el policía, desenfundando su arma.

 

De repente del templo que estaba al lado, aparecieron, por entre las rejas del muro, las manos de  un hombre muy bajito que atortolado las meneaba diciendo:  —¡Por favor no me dispare, aquí estoy!.  La vista de los sorprendidos uniformados se desvió a la edificación contigua, y rápidamente el que cargaba la pistola le ordenó al nuevo sospechoso permanecer con los brazos en alto, mientras el arma era dirigía hacia él. —Dígale a su amigo que salga ya o le disparamos —gritó el policía.   

 

El hombrecito transfigurado, girándose un poco suplicó a su secuaz: —¡Gastón sal ya! —y un casi imperceptible chillido, contestó: —no puedo, tengo un pie atorado.  —¡que no puede, porque tiene un pie atorado!. Y mientras esto pasaba, el gato, sintiéndose morir por falta de aire, hizo su último intento por escapar. Tomó tanta, pero tanta fuerza, que salió despedido golpeando con vigor la pierna del agente armado.

 

El policía cayó arrodillado, adolorido y así, accionó su pistola, apuntando hacia la torre del templo y desprendió de un tajo la campana con el balazo. Adentro en el recinto se escuchó un golpe brillante y  un grito pavoroso, mientras que el hombrecillo que permanecía con los brazos en alto gritaba: —¡A matado usted al máximo jerarca!. ¡Asesino, miserable, él estaba atascado de un pie!

 

Todo era confusión. Alberto se dio cuenta que en la tela enmarañada estaba Borges medio inconsciente. Los policías se apresuraron a escalar la pared del templo para ver lo sucedido y la pavorosa voz de terror bajo la campana, suplicaba y aullaba, por ayuda.

 

Los oficiales entraron, localizaron el objeto metálico que yacía en el piso y trataron con todas sus fuerzas de voltearlo. Pidieron, desesperados el apoyo de Alberto y del enano para empujar, hasta que lograron después de varios minutos su cometido. Y allí, debajo de la inmensa pieza de bronce, se encontraba agachado el otro enano, con el pie metido en las piedras que hacían parte del piso del salón y totalmente ileso. Tanta tensión lo había estremecido y lloraba como un bebé. Lo zafaron con cuidado, comprobando que solo tenía un  raspón, pero el pequeño hombre, el presunto representante de aquella iglesia, seguía inconsolable.

 

—¿Pero que es todo esto, acaso es una broma? —aulló el policía mirando a Alberto con ira.  —Y ¿Quiénes son ustedes, qué hacían en este recinto —dirigiéndose a los dos hombres bajitos.  Alberto, estupefacto, tomó la palabra: —Señor agente, algo le tuvo que pasar a mi pobre gato, mírelo, estaba atrapado en la puerta de mi casa con cortina y todo. Estos hombres lo debieron haber asustado, juro que son de la banda de los enanos —vociferó adelantándose a la segura reprimenda que estaba por darle la autoridad. 

 

El hombrecillo intervino con fuerza: —Soy Jacinto y hablo por mi maestro el gran Gastón, pues él, como ven, todavía está congestionado después este horrible impasse. Preparábamos el ritual  para el sábado y había un pequeño escape de gas y al prender las velas hubo dos insignificantes explosiones, que controlamos con agilidad, pero que tristemente llevaron al jerarca a tratar de escapar, quedando atrapado en este lugar sagrado. 

 

Y antes de que los policías, le preguntaran más al enano, este les entregó unos documentos que sacó de su chaqueta confirmando: —Estos son nuestros papeles de permiso de la iglesia, allí están nuestros nombres y la razón social, si lo leen encontrarán todo en orden.

 

—Todo está en regla, lo siento, fue una falsa alarma—dijo apenado el policía después de revisar la carpeta. —Tan pronto hagamos el reporte le enviaremos personal para solucionar lo de la campana. Y en cuanto a usted caballero, a no ser que sus vecinos no pongan una denuncia en su contra, es mejor que se vaya y deje de ser paranoico —refiriéndose al joven.  A Alberto todo le parecía tan sospechoso, pero como no conocía a sus vecinos, más bien  tomó a su apaleado gato en brazos y salió ligerito del sitio, levantó la bolsa  de ingredientes y se metió en su casa, cerrando la puerta de golpe.

 

Después de un rato, las autoridades se retiraron avergonzadas. Mientras, los enanos cerraron la gran puerta del templo con toda la naturalidad, rieron a carcajadas y uno le dijo al otro: —Casi dañas todo. Por poco te matan. —¡Tranquilo! —repuso el segundo— —¿te gustó mi actuación? y siguieron caminando hacia la cámara posterior, en donde los verdaderos dueños se encontraban amordazados e intimidados, por los otros cuatro enanos, que ya habían empacado todos sus grandes tesoros y ahora iban por la campana de bronce. 

 

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