Cosas que pagar

Nietos adolescentes, arriendo y comida. Todos los días con sus tres termos cargados de café y endulzados con panela, tomaba en la variante, el bus de las 6:50 a.m. que lo llevaba al centro. A las 11:15 a.m., más o menos, ya había vendido la totalidad de los tintos y regresaba caminando al rancho para no gastar el dinero del producido. ¡Es que tengo muchas cosas que pagar! se decía.

La mañana fría y lluviosa de ese viernes, el humilde anciano, sintió que estaba al borde del colapso físico pero el deber lo llamaba, así que salió tarde a la carretera. Arrastrando los pies y diciendo para sí “es que tengo muchas cosas que pagar”, logró tomar el bus de las 7:05 a.m. (sin saber leer) que lo llevó, "infortunadamente", a otro pueblo. 

Llorando por su mala suerte y por un pasaje más costoso, se bajó por indicaciones del conductor, en la plaza principal. Se sentó desconsolado en la silla de madera mojada al lado de la iglesia y comenzó a ofrecer tinto desde allí sin conocer a nadie, para ver si se recuperaba del impasse.

Las campanas de la iglesia sonaron y la gente salió de misa en busca de algo caliente. Pasados quince minutos, el hombre había vendido todo el café y hasta el cura le pareció tan sabrosa la bebida, que le ofreció un par de tenis de marca que le habían donado, para reemplazar esas penosas alpargatas raídas. Después, enterado de su historia, también le encimó un billetico para que se devolviera en bus. 

El señor sin embargo, ofreció los tenis en una esquina por unos pocos pesos y se guardó todo el dinero en el bolsillito del saco, mientras que emprendía el camino de regreso diciendo para sí: “Es que tengo muchas cosas que pagar”.

Varios carteles pegados en los muros y postes, hechos por sus nietos, lo buscan desde entonces:



©Lapuente


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