La ingenua promesa

En vez de noticias, puse la música incidental con la que me inspiraba para escribir. Ese día de primavera había una lluvia pertinaz que golpeaba las ventanas. Como tenía un compromiso tan crucial, me concentré en alistarme, desayuné con chocolate caliente, me armé con botas, impermeable y sombrilla y tuve que tomar la precaución de guardar mis documentos en un maletín plástico, para evitar que se dañaran. 

Salí en medio del chaparrón, al fin y al cabo la editorial estaba a tres cuadras de casa.  En la esquina, me sorprendió ver a una mujer que venía trotando a pesar del clima. Estaba totalmente desnuda. Pasó a mi lado, con cara de angustia invitándome a unirme a la causa. "¡Pobre loca!" pensé, "le va a dar una neumonía". A la siguiente cuadra ya no era una, sino cinco, luego diez, luego treinta, luego más y más. Jóvenes, adultas y mayores, todas sin ropa. Apresuré el paso, pues supuse que se avecinaba un desastre y llegué agitada a la editorial. 

En ese momento, Marlencita estaba girando el aviso que anunciaba el cierre hasta el siguiente día. Cuando la señora me vio, abrió la puerta y me tiró de la gabardina hacia el interior.

-¿Pero qué pasa Marlencita?- le dije inquieta. -¿Por qué cierras?

-¡La señora Xiomara y yo vamos a la marcha y tú también irás!

-¿Qué? ¿Para qué? 

Y no había terminado de hablar cuando apareció Xiomara, la gerente, tal como Dios la había traído al mundo, mientras que Marlencita empezó a quitarse sus prendas y dejarlas dobladas sobre el escritorio.

-¡Querida!, deja el contrato sobre mi mesa, pero si quieres la firma, tendrás que venir conmigo, porque tú tienes parte en este asunto.

-¿A dónde, por qué?- grité contrariada dejando el maletín con los documentos que estipulaban el lanzamiento de mi primer libro, en 2 meses.

-Vamos a protestar a la casa de mi exmarido, "el señor alcalde"... Al muy inepto se le dio por privatizar el uso del agua lluvia. ¡Quítate todo y ponlo en baño!

Pensé en mis estrías, en los pelos de piernas, en que podría enfermar, en el documento...

-¡El que piensa pierde!, ¡vamos ya!- me dijo Xiomara como si fueran evidentes mis mayores temores.

Nos lanzamos sin pudor a las calles y  se nos fueron uniendo otras por el camino. La lluvia arreció y los truenos fueron mas fuertes. Ya entre la multitud y el aguacero le dije a Xiomara que nos iban a meter a la cárcel por semejante desfachatez, que igual, no entendía.

-¿Acaso no estás enterada de lo último? Del próximo lunes en adelante, ninguna mujer podrá almacenar agua lluvia, ni retenerla de ninguna forma. Si llueve y se moja tu ropa te cobrarán un impuesto, si llueve y se mete el agua por la ventana del carro, te cobrarán impuesto, si llueve y se te moja el pelo, te cobrarán impuesto.

-¿Y cómo piensan medir la cantidad de agua retenida?.. ¡Es una locura, imposible!

-Pues supe que a mi ex, lo patrocina la embotelladora de gaseosa. El gerente le obsequió un multimillonario programa de inteligencia artificial que a través de cámaras (que ya están instalando) rastrea y mide los metros cúbicos de agua que caen sobre cada mujer y sus pertenencias. Dentro de un mes, con la factura del acueducto, nos llegará el impuesto de acuerdo con el agua retenida.

-¡No lo puedo creer! ¿Es posible tanta estupidez?

-Claro que sí, además... ¿La idea no te suena familiar? Es básicamente el argumento de tu nuevo libro.

-¿Qué?... ¡Carajo... sí!¡Pero lo mío es ficción! ¿Y es que acaso el alcalde leyó el borrador?

-A pesar de nuestro divorcio, él hace parte todavía del comité editorial, ¡por supuesto que lo leyó!

Al acercarnos al portón de su inmensa finca que era el inicio de la zona rural de la ciudad, ya habían cientos de mujeres cantando arengas y consignas que exigían sus derechos. Cámaras de seguridad seguían todos nuestros movimientos y desde un altavoz interno se escuchaba una advertencia grabada con IA femenina: "¡Mujeres, dispérsense ya! ¡Las tenemos individualizadas y serán judicializadas si no se retiran en los próximos minutos!"

-¡No nos iremos Milton!, de hecho aquí tengo las llaves y estoy abriendo el portón,- gritó Xiomara mirando a una de las cámaras. -Entren chicas, no se dejen del imbécil de mi ex marido.  

Al interior decenas de drones nos empezaron a rodear pero eso no nos impidió bordear la casa hasta llegar a un inmenso lago.



-Este lago se alimenta de todas las tuberías de agua lluvia de la ciudad y las conduce a la empresa de gaseosa, nos advirtió Xiomara con decisión. - Ahora entienden quién se beneficia de todo esto, ¿no?

Se produjo un silencio incómodo y luego un fuerte sonido producto del impacto de bombas lacrimógenas contra el piso, que nos hizo reaccionar empujándonos hacia el helado lago. Cientos de mujeres metidas en el agua en medio de la bruma y la hipotermia, ya totalmente desesperanzadas por las circunstancias, fuimos arrestadas por los señores policías que aparecieron en medio de la nube de manera violenta. 

Nos sacaron a todas del lugar con la excusa de invadir propiedad privada y nos metieron en la parte de atrás de camiones de gaseosa, apostados afuera de la finca, uno detrás de otro, para llevarnos a la estación. Todo me pareció de pronto, ridículamente premeditado y patético. 

Perdí de vista a Xiomara y con tanto frio y malestar terminé, como creo que hicieron todas, firmando la aceptación de la voluntad del alcalde a cambio de nuestra libertad y de un pedazo de tela para cubrirnos. 

Conmocionada y tosiendo, de regreso a la editorial para recoger mis cosas, me topé con Marlencita y le pregunté por Xiomara. 

-Ella no dio su brazo a torcer y la dejaron allá, pero no te preocupes que el alcalde firmó el contrato de publicación de tu libro, aunque le hizo unas pequeñas modificaciones. Te dará un 1% de las ventas, su nombre aparecerá en la portada y con la IA le hará un ajuste que transformará tu novela en una crónica.

-¿Pero cómo?, ¡eso no es lo que acordamos!

-Querida, tu firmaste la aceptación en la estación.


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