El viejo gordo, vestido de rojo

Alrededor de la mesa rebosante llena de colores, sabores y texturas, toda la familia esperaba ansiosa al anfitrión, mi marido. Solo a él se le ocurría cerrar un negocio a la víspera de navidad. Lo llamé docenas de veces, sin obtener respuesta, hasta que la vergüenza me invadió y tomé la copa de champaña para hacer el brindis y empezar a cenar.

Afuera, una sirena de guerra sonó con tal desgarro que no pudimos ni tomar el primer sorbo cuando nos vimos obligados a correr hacía la ventana. Divisamos un carruaje más bien incipiente lleno de luces de colores, tirado por un caballo y al mando, un viejo gordo, con barba, vestido de rojo  medio desteñido, cinturón ancho y botas negras.




Detuvo su paso en la mitad de la cuadra y apagó, para mi tranquilidad, la insoportable alarma. Eso sí llamó la atención de los vecinos que curiosos salieron de sus casas en medio del frio, a inspeccionar el vehículo cargado de regalos.

Corrí hacia él, pensando en lo ridículo de su disfraz y lo increpé de inmediato: 

-¿Efraín te volviste loco? ¿de donde sacaste todos estos regalos, acaso no ibas a cerrar un negocio?

-¡Jojojo!, ¡Débora! ¡He venido a atender las necesidades de las personas de este lindo sector!

-Te estábamos esperando para comer. ¡Qué pena con tus hermanos, con mis tíos, con los niños!.. y ahora toda la comida se va a enfriar. Entonces, ignorándome, tomó un altavoz y le comunicó a todos que iba a empezar a repartir los regalos porque luego tendría que irse a otro lugar, antes que le dieran las 12:00.

-¡Haber, haber!¡La familia Pérez Romero, papá, mamá y los niños Tobías y Carmen!, ¡vengan por sus presentes!

Los cuatro se acercaron sigilosos y recibieron sendas cajas que abrieron de inmediato con euforia.

-¿Pero cómo supiste?, ¡Muchas gracias, qué maravilla!- gritaron de entusiasmo,  mientras que me alababan por tener un esposo tan generoso.

Pasados 25 minutos, Efraín había hecho su trabajo con todos los de la cuadra, en medio de un ambiente de éxtasis, gritos y aplausos. Cada presente, perfectamente escogido, había dado en el blanco.

-Efraín... ¿pero qué carajo? ¡Cuánto dinero botaste y quién te dijo lo que cada uno quería?

-¡Jojojo!, pero... ¿te gustó el collar de diamantes que te dí, cierto?

-Pues claro... pero vamos a quebrarnos por tus estupideces.

-¡Jojojo!, querida, disculpa pero tengo que retirarme. ¡Adiós amigos!

-Pero... ¿A dónde vas, conoces a la gente de la otra cuadra?

-Yo los conozco a todos. ¡Jojojo!

Los vecinos se retiraron contentos mientras que Efraín encendió de nuevo la sirena infernal y tiró del paciente caballo que se movió lento hasta doblar en la esquina, en el mismo instante en que por la otra, apareció de nuevo Efraín. Venía en un SIMCA viejo.  Al verme en la mitad de la calle empezó a pitar y se estacionó a mi lado.

-¿Efraín, cómo pudiste aparecer por la otra esquina? ¿Y ese carro qué? le grité con desconfianza.

-¡Ay Débora!... invertí todo lo que teníamos con el milagroso corredor de "la bolsa de valores", ¡con el viejo Nicolás! y el tipo mientras tanto me dio este carro para no quedarme a pie. En este momento ya debe estar haciendo lo suyo. ¡A celebrar!

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